La mentira de las bombillas de bajo consumo

Escribí este artículo en 2015 para mi clase de Ecodiseño tras el visionado del documental “Bulb Fiction” (2011, Christoph Mayr). Ayer me reencontré con él, y no quise volver a dejarlo abandonado en la carpeta de textos de la universidad.

 
¿Qué creemos que compramos cuando decidimos pagar por una bombilla de bajo consumo? Seguramente aspiremos simplemente a llevarnos una bombilla que aun resultando cara en tienda no dispare la factura de la luz (por lo que a largo plazo termina por resultar rentable). Sin embargo, ¿qué nos llevamos realmente? Para ignorancia de la mayoría: un riesgo añadido que afecta directamente a la salud.

Nos alegaron que la desaparición de la clásica bombilla incandescente se debía únicamente a un plan de reducción de las emisiones de gases efecto invernadero, y sí, de hecho éstas se ven reducidas en un 20%-30%, pero aunque de primeras parezca un gran cambio, queda lejos de ser la panacea; tan sólo supone un 0,4% del total, queda mucho por hacer. De lo que nadie nos habló es de que lo nuevo no siempre es sinónimo de mejor. Al menos no en todos los aspectos. ¿Para el medio ambiente? Aparentemente sí, pero ¿hasta qué punto estamos dispuestos a comprometer nuestra propia vida por ello? El nuevo modelo de bombilla contiene mercurio en cantidades no tan reguladas como deberían, como si el mundo no hubiese escarmentado lo suficiente con tragedias como la de la bahía de Minamata.. Y lo peor, es que por desgracia parece ser que no.
 
El mercurio (Hg), al igual que cualquier otro metal pesado, posee efectos acumulativos; y en el caso concreto de su contacto con el organismo, queda atrapado en una cárcel en la que los peor parados son los barrotes. Las afecciones al sistema nervioso son severas aun hablando de pequeñas cantidades y sin embargo al tratar productos que lo contienen se anteponen las necesidades de producción a los riesgos sanitarios. Aunque nos hayan hecho creer que sí, lo cierto es que ni la marca de Conformité Européenne ni los límites admisibles establecidos (5mcg para el caso) nos garantizan la plena seguridad. O al menos no toda la que podrían, y qué menos deberíamos exigir, ¿no? Pero nos encontramos ante la historia de siempre, la que afecta de igual forma a tantos otros temas, y es que Europa está dominada por intereses empresariales, los cuales -sorpresa- responden principalmente a aspectos económicos.

Para más inri, ni siquiera existe un protocolo de actuación adecuadamente extendido para desechar correctamente y sin impactos añadidos las luminarias de bajo consumo, yo misma he podido comprobarlo: “Tranquila, aquí nos ocupamos” mientras lanzaban la bombilla a un cubo común.

Por tanto, que las bombillas tradicionales se desestimaron por razones energéticas nos lo han dejado claro, pero poco sabe la conciencia pública acerca de la verdadera razón por la que se impulsó con tanto ímpetu el cambio a pesar de lo ya conocido sobre el mercurio. Aunque podemos imaginarlo. El hecho de que la decisión no fuese votada en sede parlamentaria si no decidida sencillamente por un comité en el cual un porcentaje de los miembros pertenecía a empresas líderes del sector, suficientes como para que el aroma a negocio influyese cuidadosamente en las decisiones políticas sin saltar las alarmas del soborno, ya nos debería hacer sospechar. Aunque a decir verdad nada de esto es novedoso; se lleva décadas reduciendo intencionadamente la duración de la vida media de las bombillas. Ah, la famosa obsolescencia programada. Y es que si bien la clásica incandescente transformaba el 95% de la energía en calor, ¿no hubiera sido más inteligente desarrollar una estrategia alternativa que aprovechase esa pérdida mediante una técnica más eficiente?

Pero vaya, como siempre, “parece que quienes se han puesto gafas políticas han perdido de vista la realidad”. Será que habrá que hacerse más a menudo la pregunta de por qué la bombilla del cuartel de bomberos de Livermore, California lleva encendida desde 1901 y la nuestra no.
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